Contratación de Anwar Farrán por diputado Francisco Crisóstomo abre debate sobre control de asesorías parlamentarias
Política
23 de junio del 2026
El ex delegado presidencial de Ñuble, Anwar Farrán, actualmente contratado como asesor del diputado Francisco Crisóstomo con una remuneración superior a $2.123.894 mensuales, se encuentra desde hace más de un mes en Bélgica, situación que ha generado cuestionamientos sobre los mecanismos de supervisión y control de las asesorías parlamentarias financiadas con recursos públicos.
Una nueva controversia involucra al ex delegado presidencial de Ñuble, Anwar Farrán, cuyo nombre vuelve a situarse en el centro del debate público. Esta vez, la discusión se relaciona con su actual contratación como asesor del diputado Francisco Crisóstomo, función por la cual percibiría una remuneración superior a los $2.123.894 mensuales, mientras permanece fuera del país desde hace más de un mes.
No es la primera vez que Farrán enfrenta cuestionamientos en torno a su desempeño en cargos públicos. Anteriormente, su nombramiento como delegado presidencial regional fue objeto de observaciones luego de que la Contraloría General de la República no tomara razón de su designación, situación que abrió un debate sobre el cumplimiento de los requisitos legales para ejercer el cargo y sobre la responsabilidad de las autoridades involucradas en dicho proceso.
Actualmente, la controversia se centra en su labor como asesor parlamentario. De acuerdo con antecedentes conocidos públicamente, Farrán se encuentra en Bélgica mientras mantiene vigente su vínculo contractual con la Cámara de Diputadas y Diputados a través de la oficina parlamentaria del diputado Francisco Crisóstomo. La situación ha generado interrogantes respecto de la forma en que se desarrollan estas asesorías y sobre los mecanismos existentes para verificar el cumplimiento efectivo de las funciones que son financiadas con recursos fiscales.
El trabajo remoto se ha consolidado como una modalidad ampliamente utilizada en diversos sectores. Sin embargo, el debate adquiere una dimensión distinta cuando se trata de funciones vinculadas al quehacer legislativo y ejercidas desde el extranjero. En este contexto, surgen preguntas sobre la naturaleza de las labores realizadas, los sistemas de supervisión implementados y la transparencia con que se informa a la ciudadanía respecto del uso de los recursos públicos destinados a estas contrataciones.
La situación también reabre la discusión sobre los estándares de probidad y rendición de cuentas que se esperan de quienes desempeñan funciones asociadas a la administración del Estado o al apoyo de autoridades electas. Más allá de la eventual legalidad de la contratación o de las explicaciones que puedan entregar los involucrados, el caso vuelve a instalar el debate sobre los criterios de transparencia que deben regir las asesorías parlamentarias y la necesidad de contar con mecanismos claros y verificables para acreditar el cumplimiento de las funciones contratadas.
En ese escenario, la interrogante principal apunta a determinar cuáles son las herramientas de control existentes para asegurar que las labores de asesoría realizadas desde otro país se desarrollan efectivamente, con estándares adecuados de supervisión y en concordancia con las exigencias de responsabilidad y transparencia que la ciudadanía demanda respecto del uso de los recursos públicos.
